Miguel mantiene una expresión inalterable mientras desliza el dedo por la pantalla de su teléfono. Encuentra el video y, sin vacilar, lo reproduce.
La voz en la grabación es débil, ronca y llena de dolor.
— Hija, perdóname...
No pasa ni un segundo para que Sasha reconozca la voz de su padre. Su corazón da un vuelco en su pecho y, rápidamente, levanta el rostro, girándose hacia la fuente del sonido. Sus ojos se abren desmesuradamente y nuevas lágrimas empiezan a acumularse, desbordándose sin con