— ¡Estás mintiendo! — dice Sasha, intentando sonar confiada, pero su voz traiciona el pánico que siente.
Sasha no puede sostener la mirada de Miguel por mucho tiempo; la combinación de la oscuridad de la noche y la frialdad en sus ojos negros lo hace aún más aterrador. Traga saliva, buscando dentro de sí misma cualquier resquicio de valentía para mantener la cabeza erguida, para no parecer una cobarde, aunque todo su cuerpo tiemble de miedo.
Antes de que pueda encontrar esa fuerza, la palma de