— Me lo das de buena gana y, si me gustan tus talentos, te compenso no matando a tu padre y te doy medicamentos para sus heridas, uno por cada vez que me sirvas. O — levanta un segundo dedo, su tono volviéndose aún más oscuro —, la opción dos: tomo lo que quiero de ti y, antes de matarlo, lo hago pasar por las peores torturas.
Sasha traga saliva, su mente luchando por liberarse de la neblina de excitación manipulada que Miguel había inducido en ella. Cada segundo que pasa, la realidad de la sit