Al día siguiente, Pedro no apareció en la cafetería durante la hora del almuerzo. Helena pasó todo el día con un nudo en el estómago, sus pensamientos volviendo constantemente a él. Cada vez que la campana de la puerta tintineaba, sus ojos se dirigían de inmediato al sonido, con una esperanza ansiosa. Pero, cada vez, era un cliente cualquiera, y no Pedro.
Cuando finalmente cayó la noche, la dueña del establecimiento se acercó a ella, sonriendo con dulzura.
— Ve con cuidado a casa, querida — dij