Sasha apenas tiene tiempo de procesar el susto cuando la imponente figura de Miguel aparece en la entrada de la habitación. Está serio, sus ojos fijos en ella con una intensidad que hace que su corazón se acelere.
— Ven conmigo — ordena Miguel, su voz grave, pero sin prisa.
Sasha duda por un segundo, pero pronto asiente. Miguel ya se está girando para salir cuando se detiene en el umbral de la puerta y, sin mirar atrás, añade:
— Lleva la manta.
— ¿Por qué? — pregunta Sasha, la confusión refleja