Intentar no desmoronarme al ver a mi amado Stefano tirado en el suelo sin vida, sus hermosos ojos cerrados y la calidad respiración que me daba mil años de vida, fue una tarea extraordinariamente titánica y olímpica.
Ahora no habrá nadie que me dé los buenos días al despertar, que agoten mis noches con tanta pasión y amor al mismo tiempo que vivirlo es mucho mejor que contarlo o recordarlo. Eso es porque mantengo vivo aquel fuego que me volvió una adicta a sus caricias, besos, abrazos y palabra