—Acompáñeme, señor Torrealba.
Sergio sintió su corazón latir con fuerza, palpitando como un tambor de guerra en su pecho.
Algo en su interior rugía con desesperación, como si la realidad estuviera a punto de escapársele de las manos.
Apretó los puños con rabia contenida y siguió a la abogada por el pasillo.
Cada paso que daba parecía resonar con un eco hueco, amplificando la sensación de que algo no estaba bien.
Cuando cruzaron la puerta del despacho, no pudo contenerse más.
De un movimiento br