Con una mano cubrí mi rostro, las lágrimas salieron, con la otra aferraba a mi chiquita a mi lado. Dilia cargó a la niña, la metió en el coche, yo no paraba de llorar y llorar, todo el día de hoy fue recibir latigazos, Yina me dio un vaso con agua.
—Gracias. —necesitaba salir—. Debo hacer otras diligencias.
—Pero debe almorzar primero. —intervino Dilia.
—Mañana hago el mercado. —miré a Yina.
—Tranquila.
Las palabras de uno de los cientos de sermones oficializados por el padre Castro llegó a mi