— No puedo dejar Italia sin protección, vete, mis mejores hombres van contigo – dijo Enzo. – Mía se puede quedar con la bebé, tienes que recuperarla.
— La cague – susurró sin quitar la vista de la bebé que estaba dormida. – La dejé, la abandoné después de decirle amenazarla.
— Todos la cagamos en su momento – puso su mano sobre su hombro – Si tú no puedes con esto, tienes que dejar que Lebrant lo haga.
— Yo la cague, no él, tengo que resolver esto – suspiró. – No puedo perderla, no como ella