DANA
La llamada nos despierta. Killian se sienta en calzoncillos en la cama y creo ver como cruza los dedos. Yo lo sé en cuando veo el movimiento de sus músculos y como aprieta el puño en celebración, así que cuando cuelga el teléfono me echo sobre su espalda y me cuelgo de él como un mono.
—Estás de cuatro semanas.
—¡Qué bien! —exclamo.
Me gira en su cuerpo y termino sentada en su regazo.
Es domingo y parece que se le ha olvidado el lío que tiene fuera de casa. De echo no parece el jefe de nin