“Encantada de conocerlo, Señor Aconite”. Agaché la cabeza, mis rizos rubios rodaron como ondas desde mis hombros, y me sentí extrañamente atraída por el hombre bajito que tenía por delante; no de una forma romántica, más bien de una forma curiosa. Me senté en la tumbona junto a mi pareja y sonreí.
“Lo mismo digo”, él se rio, dejando que mi propia risa se escapara de mis labios, y me ofreció una taza de té de porcelana; pintadas de flores moradas que me recordaban a las capuchas de los monjes me