Elena seguía inmóvil junto a la cama, aferrando los dedos de Arturo, cada vez más fríos. No era capaz de soltarlos.
Una enfermera se acercó despacio y rompió el silencio con una voz apenas audible.
—Señorita Elena...
Sin apartar la mirada del rostro de su padre, Elena asintió levemente.
—Solo... un minuto más.
Diego, de pie justo detrás de ella, no dijo nada. Simplemente apoyó una mano sobre su hombro, acompañándola en silencio.
Después de varias respiraciones profundas, Elena aflojó por fin lo