El vestido negro de Elena parecía pesar más que nunca. Las rosas rojas y blancas que cubrían el cementerio de la familia Montenegro se mecían bajo el viento frío de la tarde. Una gran cruz de madera se alzaba sobre la tierra donde Arturo descansaba para siempre. Uno a uno, los asistentes fueron abandonando el cementerio. Pronto solo quedaron dos personas: Elena y Diego.
Fueron los últimos en alejarse de la tumba. El cielo gris parecía tan silencioso como el lugar que dejaban atrás. Al llegar