38.
MEGAN
En cuanto la puerta de la suite se cierra detrás de nosotros, me doy cuenta de que Helena definitivamente perdió la cabeza antes de morir.
O, peor aún.
La conservó perfectamente hasta el último segundo.
Me quedo inmóvil en la entrada, con la mano todavía sujetando el asa de la maleta, mientras mis ojos recorren lentamente la habitación.
Es enorme.
Muchísimo más de lo que imaginaba.
Una pared completa de cristal deja ver el océano extendiéndose hasta donde alcanza la vista. Hay una terraza