El choque de los tacones sobre el piso de cerámica era lo único que se escuchaba en el local de Auron Denali, mientras que todas las miradas se enfocaban en la figura femenina que recorría el lugar como si de la mismísima dueña se tratase; nadie se atrevía a interponerse en su camino por miedo a qué su jefe les volara los sesos.
Todos, absolutamente TODOS, sabían que esa mujer era intocable; en un abrir y correr de ojos se había convertido en la protegida de su jefe, por lo que arremeter contr