Cartografía de cicatrices.
El mirador era una lengua de cemento suspendida sobre el vacío. Mónic apoyó las manos en la baranda helada, sintiendo el latido de la ciudad a 300 metros bajo sus pies. Los edificios se extendían como circuitos luminosos, cada ventana encendida, era una chispa de vidas ajenas. Dominick se inclinó a su lado, su aliento dibujando fantasmas en el aire nocturno.
— Cuando te conocí —murmuró, rozando su hombro con el suyo — pensé que eras de esas personas que iluminan habitaciones solo al entrar — H