El sonido del llanto del niño atravesó el apartamento como un cuchillo silencioso.
Valeria corrió hacia la habitación, dejando caer el bolso sobre la mesa. Su pequeño estaba sentado en la cama, con los cachetes sonrojados y los ojos húmedos.
—Tranquilo, amor —susurró, tomándolo en brazos. La fiebre lo hacía más pesado, más frágil.
Lucas, que estaba revisando documentos cerca de la sala, se levantó de inmediato al escuchar el llanto. El corazón le dio un vuelco. No era solo preocupación; era mie