El refugio seguía temblando.
No de forma constante. No era un terremoto ni una explosión continua. Eran pulsos. Sacudidas profundas que parecían atravesar la ciudad entera desde algún lugar imposible de ver, como si algo gigantesco estuviera despertando debajo de todo lo que conocían.
Cada vibración hacía caer pequeñas partículas de polvo desde el techo. Las luces parpadeaban apenas durante un segundo antes de estabilizarse otra vez, y el metal de las paredes emitía crujidos suaves que se metía