DARIAN
La noche en el cañón del sur era fría, negra como la boca de un lobo y espesa por la humedad que subía del río.
El Laboratorio del Acónito no era una instalación elegante; era una estructura de madera pesada y piedra incrustada en las paredes de la garganta del cañón, oculta tras una cortina natural de enredaderas y niebla. El aire olía a vegetación podrida y a ese hedor ceniciento y metálico que ya conocíamos muy bien: el veneno que mató a la madre de Lyra.
Nos manteníamos agazapados en