LYRA
El humo negro del laboratorio aún se alzaba a lo lejos en el horizonte cuando el cielo comenzó a teñirse de un gris plomizo. La lluvia de la madrugada no tardó en caer sobre el cañón, lavando de nuestras manos la ceniza y el olor metálico del acónito quemado.
Subimos a la camioneta en silencio, pero dentro del vehículo el ambiente ardía. La adrenalina de la incursión y la satisfacción de haber destruido la única fuente de la pima en todo el territorio nos tenían con la sangre hirviendo.
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