No podía creer que nuevamente me ocurriera esto. Era como una especie de déjà vu de la ocasión en la que Mauro me había secuestrado. Odiaba estar amarrada y con los ojos vendados. No podía ver absolutamente nada y sentía que el terror me invadía. Mi rostro estaba empapado de lágrimas y cada centímetro de mi cuerpo temblaba. No podía morir, no podía dejar solo a mi hijo. Él no podía vivir lo mismo que yo, una niñez siendo huérfano. Un niño necesita a su madre y mi Gabriel me necesitaba a mí, y y