Gabriel
Octavio entra en la suite con paso firme, pero por su expresión puedo intuir que no trae buenas noticias o por lo menos las que yo deseo.
—Esa mujer no trabaja en ningún bufete de la ciudad y no tiene ninguna propiedad o alquiler a su nombre en New York.
No respondo. Solo lo miro.
Octavio continúa, más incómodo ahora.
—En el hotel tampoco han podido darme mucha información, a pesar de haber sido muy persuasivo... Se registró con su dirección antigua: la casa donde vivía con su ex…
Frun