SAMUEL
Cuelgo. El teléfono pesa en mi mano. Miro el nombre de Valeria en mis contactos. Parpadeo pensando en llamarla o no en este momento.
Marco antes de pensar o que el miedo me gane. Ella contesta al segundo.
—¿Samuel?
Y entonces me quiebro.
—Valeria… —las palabras se atragantan en mi garganta. Las lágrimas, esas que juré no volver a derramar, brotan sin control—. Te necesito. Por favor… te necesito.
—¿Samuel? ¿Qué pasó? —su voz cambia al instante, se llena de angustia—. ¿Dónde estás? ¿Está