Su cuerpo se retorcía en una posición incómoda al borde de la cama, con unos ojos hermosos llenos de lágrimas mirando resentidamente al hombre que la lastimaba. Con una voz suave y entrecortada, le preguntó: —Manuel, ¿acaso hice algo mal? ¿Te enfadé? Solo dime, haré lo que sea necesario para cambiar.
—No me toques con tus manos, las encuentro sucias.
Manuel sonrió fríamente, movió sus largas piernas elegantemente hacia ella, se inclinó y la miró desde arriba con una mirada aguda y fría, irradian