—¿Manuel, eres tú?
María se quedó atónita, apoyada en la fría y áspera pared. Frente a ella, ese hombre extraordinariamente alto y esbelto parecía ser el protector que había invocado en el momento más crítico. Levantó la cabeza con sorpresa y solo vio los rasgos severos del hombre, pero sus ojos destellaban un cálido destello de ternura.
Manuel soltó las manos que la rodeaban, retrocedió un paso y, con movimientos rápidos pero elegantes, se quitó su traje negro y lo colocó suavemente sobre los h