María se sumergió en la fría bañera durante bastante tiempo, hasta que la piel de sus palmas empezó a arrugarse ligeramente. El calor en todo su cuerpo se redujo un poco después de tanto tiempo.
Con la cabeza sin fuerzas apoyada en el borde de la bañera, abrió los labios suaves y delicados, y su aliento ya no era abrasador y ardiente. Sus ojos, inicialmente nublados por la neblina, gradualmente se volvieron claros y brillantes.
Al notar a Manuel apoyado silenciosamente en la pared junto a la bañ