En el interior del automóvil, María se acurrucaba en el asiento trasero, mirando hacia abajo fijamente a sus rodillas. Las lágrimas, que había contenido durante mucho tiempo, finalmente resbalaron silenciosamente.
Una tras otra, caían sobre el dobladillo de su vestido azul, creando círculos concéntricos de marcas húmedas. El dolor fluía como las olas, invadiendo cada nervio y cada centímetro de su piel. Sentía como si una mano le apretara la garganta con fuerza, dificultándole la respiración y c