Escuchando sus palabras cada vez más absurdas, ya no pude contener lo que sentía en mi corazón.
—No creas que todos son como tú, un sinvergüenza. Salvador le pidió matrimonio a Teresa, yo solo vine a ayudarlo a elegir el anillo y la ropa.
—No todos somos como tú, incapaces de controlar nuestros sentimientos.
—Aunque reconozco que, por la voluntad de la Diosa Lunar, le presté algo de atención, sé que no tengo ninguna oportunidad con él, así que no dejaré que esa atención se convierta en amor.
—Gr