61. Muérdago y cumplimiento.
El bosque invernal era un mundo de silencio y blancura, roto solo por el crujir de la nieve bajo las pezuñas de los caballos y el sonido apagado de sus propios pasos. Evdenor cabalgaba un par de metros por delante, su espalda era una línea rígida de tensión, su mirada perdida en un horizonte interior mucho más tormentoso que el paisaje gélido. Desde que habían partido, no había pronunciado una palabra. La cacería, supuestamente para despejar la mente, se había convertido en un exilio autoimpues