*—Antonella:
Finalmente, llegaron a la cima. Max ya la esperaba bajo un árbol corpulento, de ramas extendidas como brazos que los invitaban a refugiarse. Desde allí, la vista era impresionante: a lo lejos, los rascacielos de la ciudad se recortaban contra un cielo amarillo con nubes blancas borrosas. Era un contraste perfecto entre lo salvaje del campo y la frialdad urbana.
Antonella rió al ver la manta de cuadros rojos extendida sobre el césped, perfectamente colocada, junto a una canas