La lluvia de invierno golpeaba con fuerza contra los altos ventanales de la oficina principal del Grupo Castellanos. En el piso cuarenta, la ciudad parecía un mapa difuminado por la neblina. Sebastián Castellanos, con las sienes sutilmente marcadas por algunas canas que le otorgaban una presencia aún más imponente, leía un informe confidencial bajo la luz tenue de una lámpara de escritorio. A su lado, Valentina, vistiendo un traje sastre en tono granate y luciendo la elegancia madura de una muj