Tres semanas después, la calma de una madrugada tibia se vio interrumpida por las primeras señales claras de que el momento más esperado había llegado. Valentina despertó con una presión firme y constante en la parte baja del abdomen. No sintió el menor rastro de pánico; la serenidad que había cosechado a lo largo de los últimos años la acompañó desde el primer segundo. Al notar que las contracciones comenzaban a marcar un ritmo regular, colocó la mano con suavidad sobre el hombro de Sebastián.