El reloj de la cocina marcaba las 09:17 de la mañana.
El sonido del segundero parecía más fuerte de lo normal, como si cada tic recordara lo poco que quedaba de tiempo.
Una hora.
Eso era lo que Daniel había dado.
Valentina estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho, intentando mantener la respiración estable. Desde afuera, el jardín parecía tranquilo, pero dentro de la casa la tensión era palpable.
Sebastián caminaba de un lado a otro de la cocina con el teléfono e