La mañana de un domingo soleado a mediados de primavera comenzó en la mansión Castellanos con el aroma característico del café recién tostado y la fruta fresca desplegada sobre la mesa de la terraza principal. El valle respiraba una calma tan serena que resultaba difícil recordar los días agitados en que cada decisión familiar se tomaba bajo la presión de litigios internacionales o amenazas veladas desde el extranjero.
Sebastián, vistiendo una camisa de hilo claro y con los anteojos de lectura