ack
Helena estaba en la sala azul cuando entré.
No pidió vino. No pidió té. No pidió nada. Solo se había quitado el abrigo y estaba de pie junto al ventanal, con la espalda recta y esa forma suya de ocupar una habitación como si nunca hubiese tenido que pedir permiso para estar en ella.
Se volvió al oírme.
La vi registrar de nuevo el cabello más corto, la cara despejada, el cansancio distinto.
—Ahora sí pareces tú —dijo.
Cerré la puerta detrás de mí.
—No has venido a hablar de mi cara.
La comis