No debí besarla así.
Eso es lo primero que pienso.
Eso y que aún puedo sentir el calor de su cintura en mi mano como si siguiera ahí, bajo la tela ligera de su blusa, justo en el instante en que me aparté porque sabía que, si no lo hacía, no iba a detenerme en un segundo beso.
Cierro la puerta del despacho con más fuerza de la necesaria y me quedo quieto en mitad de la habitación.
No necesito un espejo para saber cómo debo verme: el cabello revuelto, la camisa desordenada en el cuello, la respi