2

*—Cassie:

Movía la cabeza al ritmo de una canción especialmente pegajosa cuando, de pronto, sintió una mano posarse sobre su hombro y Cassie dio un salto del susto, haciendo que sus auriculares salieron volando y cayeron al suelo.

—¡¿Qué diablos te pasa, Abby?! —exclamó, llevándose una mano al pecho.

Frente a ella, el ama de llaves de la familia sonrió con calma. Abby llevaba trabajando con los McKay desde antes de que Cassie naciera.

Era prácticamente parte de la casa.

—Lo siento, mi niña —dijo con una sonrisa cálida—. Llevo un buen rato tocándote el hombro y no respondías. Entré, te llamé varias veces y luego vi que tenías los audífonos puestos. No sabía qué te iba a asustar tanto.

Cassie suspiró y se encogió de hombros, dejando escapar una pequeña sonrisa. No podía enfadarse con Abby, ya que era la única persona de la casa que realmente le agradaba. Bueno… Abby y un poco Brianna. Su segunda hermana no era tan insoportable como Antonella o Shanna, ni como sus padres.

—Está bien, pero casi me da un infarto —dijo y ladeo la cabeza—. ¿Necesitas algo? —preguntó finalmente.

La sonrisa de Abby se desvaneció ligeramente mientras dirigía una mirada hacia la puerta abierta de la habitación.

—Tu padre quiere que bajes ahora mismo —informó con suavidad.

Cassie frunció el ceño de inmediato.

¿Su padre… quería verla? ¿A ella?

—Tal vez escuchaste mal —dijo, confundida—. ¿Estás segura de que soy yo?

—Sí —confirmó Abby con una pequeña sonrisa—. Es a ti a quien quiere ver.

Sin embargo, Cassie no estaba muy convencida.

Jefferson McKay, su padre, no solía mostrar demasiado interés por su hija menor. Siempre decía que era una chica rebelde y complicada, una pérdida de tiempo que no servía para nada, algo que Cassadee, siendo completamente honesta consigo misma, tampoco podía negar del todo.

Entre ambos existía una distancia palpable, un vacío incómodo que se había formado con los años y que ninguno parecía dispuesto a cruzar. No era sólo falta de cariño, era algo más frío que eso: indiferencia. Cassie había crecido sintiendo que para su padre simplemente… estaba allí, ocupando espacio.

—No voy a bajar, lo sabes, ¿verdad? —dijo finalmente, encogiéndose de hombros mientras esbozaba una sonrisa resignada, como si aquello fuera lo más lógico del mundo.

El ama de llaves soltó un suspiro cansado y la miró con una tristeza suave, esa clase de tristeza silenciosa que solo aparece cuando uno ha visto crecer a alguien desde niño y sabe que merece algo mejor.

—Cassadee, sé que últimamente la tensión en casa está siendo difícil. El señor McKay parece vivir siempre al borde de perder la paciencia —explicó con voz tranquila—, pero aun así deberías intentar aligerar un poco la carga. Haz tú el esfuerzo.

Cassie no pudo evitar poner los ojos en blanco.

Todo siempre estaba tenso en esa casa. No era algo nuevo ni algo que hubiera comenzado recientemente; en realidad, la tensión llevaba años viviendo entre esas paredes, como si fuera otro miembro invisible de la familia. Estar allí le producía una sensación constante de opresión, como si el aire fuera más pesado dentro de esa mansión. Su habitación era prácticamente su único santuario, el único lugar donde podía respirar con libertad, rodeada de sus cosas, de su música, de sus productos de maquillaje perfectamente ordenados, pero incluso ese pequeño refugio era invadido de vez en cuando por los problemas familiares.

En más de una ocasión había terminado pasando la noche en casa de alguna amiga para escapar del ambiente sofocante, organizando pijamadas improvisadas, viendo películas y riéndose de tonterías hasta la madrugada. El problema era que sus amigas ahora estaban ocupadas preparándose para sus vidas universitarias, comprando materiales, hablando de carreras, de dormitorios y de nuevas ciudades mientras que Cassie no tenía ningún plan parecido ni otro lugar al cual escapar.

Además, si alguien generaba la tensión en esa casa, era su propio padre. Jefferson McKay parecía vivir permanentemente irritado, como si el mundo entero estuviera conspirando para arruinarle el día, y cualquier cosa, por pequeña que fuera, bastaba para que perdiera los estribos.

Hace apenas dos semanas había terminado dándole una bofetada frente a todos simplemente porque Cassie se quejó de que no iba a cenar hígado encebollado, un plato que Abby había preparado para la familia y que a ella siempre le revolvía el estómago. No había gritado ni hecho una escena, sólo había dicho que no quería comerlo y aun así su padre reaccionó como si lo hubiera insultado.

Y ese no era el único problema. Todo lo que sucedía en su trabajo terminaba descargándolo sobre la familia. Bueno, sobre ella, principalmente. Antonella se había casado hacía tres años y apenas venía a casa en ocasiones especiales. Brianna pasaba la mayor parte de su tiempo fuera, ayudando en refugios, albergues o alguna causa benéfica que la mantenía ocupada todo el día. Shanna, por su parte, prácticamente vivía entre cafeterías elegantes, restaurantes y centros comerciales, tomándose fotos para su página de I*******m, ella era una especie de influencer y, a diferencia de Cassie, sí tenía miles de seguidores pendientes de cada publicación.

Ninguna de sus hermanas representaba un problema para su padre. Ellas encajaban perfectamente en el tipo de hijas que Jefferson McKay podía presumir frente al mundo. Cassie, en cambio, era la que no parecía servir para nada.

—Aun así, no voy a bajar para que papá vuelva a gritarme por absolutamente nada —murmuró finalmente mientras se inclinaba para recoger sus auriculares del suelo.

Los examinó con cuidado, los sacudió un poco y se los colocó nuevamente para comprobar si seguían funcionando. La música volvió a escucharse con claridad y Cassie dejó escapar un pequeño suspiro de alivio. Gracias a Dios seguían vivos, porque ya se había gastado toda su mesada del mes en productos de belleza y no estaba en posición de comprar otros nuevos. Detuvo la música de nuevo y los dejó sobre la cómoda.

—Si él no da el primer paso, ¿por qué no intentas tú? —sugirió Abby con tono conciliador—. Podrías decirle que no te gusta cómo te está tratando y…

Cassie soltó una risa seca, incrédula ante la simple idea.

—Abby, por favor —dijo negando con la cabeza—. Ya sabes cómo funcionan las cosas en esta casa. Lo mejor para todos es que simplemente nos ignoremos.

Abby no insistió, pero su mirada reflejaba decepción. La mujer se limitó a asentir y se retiró, cerrando suavemente la puerta tras de sí.

Cassadee volvió a sentarse, colocándose nuevamente los audífonos, segura de que su decisión no tardaría en traer consecuencias. Y, como esperaba, no pasaron ni cinco minutos cuando la puerta volvió a abrirse, esta vez de forma brusca.

—He requerido tu presencia —anunció la voz grave de su padre.

Jefferson entró a la habitación con esa presencia imponente que siempre parecía llenar cualquier espacio en el que se encontrara. Vestía, como casi siempre, un traje oscuro perfectamente ajustado que acentuaba la autoridad natural que proyectaba. Su cabello castaño oscuro, ya moteado de canas en las sienes, estaba peinado hacia atrás con pulcritud, dejando al descubierto un rostro duro y anguloso. Sus ojos azules, fríos como el hielo, se posaron sobre ella con una severidad que hacía evidente que no había entrado allí para una conversación amable.

—¿Qué deseas, padre? —preguntó Cassie, esta vez adoptando un tono más comedido, pues recordó brevemente las palabras de Abby: “Haz tú el esfuerzo”.

—Te pedí que bajaras —replicó Jefferson, sin perder la compostura.

—Y Abby me lo comunicó, pero si estabas tan cerca, ¿por qué no viniste tú mismo a decírmelo? —respondió Cassie con sarcasmo, una chispa de desafío en su mirada.

Su padre entrecerró los ojos, claramente irritado.

—Eres tan insolente.

—Soy tu hija —contestó ella, encogiéndose de hombros.

El silencio que siguió fue tenso. Finalmente, Jefferson esbozó una sonrisa gélida, más un gesto de advertencia que de humor.

—Hay alguien que quiere verte y te sugiero que bajes antes de que te arrepientas —le lanzó su padre mientras giraba sobre sus talones.

—¿Y si no lo hago? —inquirió Cassadee, cruzándose de brazos.

—¿Disculpa? —preguntó su progenitor, deteniéndose ante su desafío y volviendo el rostro hacia ella.

—No pienso bajar si lo que me espera es otro de tus “amigos” que no pueden dejar de babear por cualquier chica menor de veinte —espetó Cassie aburrida. De vez en cuando los “amigos” de su padre venían a la casa y siempre querían verlas, como si fueran maniquíes que necesitaban ser apreciados.

La tensión en el aire se hizo palpable. Jefferson dio un paso hacia ella, y Cassadee retrocedió instintivamente. Sabía que estaba cruzando la línea, pero la ira hacia su padre era más fuerte que el miedo.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP