3

*—Cassie:

—Jeff —intervino una voz femenina desde la puerta.

Ambos giraron la cabeza para encontrarse con Alice McKay, la madre de Cassadee. La mujer entró con calma, irradiando una serenidad que contrastaba con la atmósfera hostil del cuarto.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó Alice, mirando primero a su esposo y luego a su hija.

—Papá quiere que baje para conocer a uno de sus vejestorios —dijo Cassadee con sarcasmo.

—¿Vejestorios? —repitió Alice, ocultando una sonrisa mientras miraba a Jefferson.

—Ella no entiende el concepto de respeto —respondió Jefferson con sequedad.

Alice le lanzó una mirada significativa antes de dirigirse a su hija.

—Baja, Cassie. Por favor —suplicó su madre.

Cassadee quiso objetar, pero la mirada implorante de su madre la desarmó y finalmente, asintió. Además, mientras más rápido saliera de ese compromiso, más rápido volvería a su cuarto para seguir con lo suyo.

Suspirando con resignación, Cassadee se dirigió a su armario y comenzó a revisar su ropa en busca de algo mínimamente apropiado. Aquello, sin embargo, era casi una misión imposible. La mayor parte de su ropa consistía en camisetas de anime, algunas con frases sarcásticas o mensajes subliminales que solo tenían sentido para ella. Otras camisetas, honestamente, habían tenido mejores días y sobrevivían únicamente por pura terquedad. Sus pantalones, en cambio, sí eran ajustados, pero la mayoría tenían agujeros que eran mitad moda y mitad desgaste real.

Vestidos… no había ninguno. Bueno, casi ninguno, solo el de su graduación.

Cassie lo sacó del fondo del armario con una expresión dudosa. Aquel vestido había sido un regalo de Shanna, aunque en realidad había sido más una burla disfrazada de gesto amable. Su hermana se lo había entregado con una sonrisa demasiado inocente y el comentario que aún recordaba con claridad: “Es para que al fin atraigas a un chico.”. Y Cassie había usado el vestido solo porque la toga de graduación lo cubría casi por completo.

Lo sostuvo frente a ella para evaluarlo.

Era de un delicado color rosa palo, sin mangas y con ligeros tirantes, este tenía un escote en forma de corazón que delineaba el busto de forma bastante provocativa. La tela se ajustaba al torso antes de caer en una falda corta que terminaba varios centímetros por encima de las rodillas. El diseño era sencillo, pero peligrosamente favorecedor, especialmente para alguien con el cuerpo de Cassie.

Sus ojos bajaron hacia su pecho.

Con su busto generoso, algo en medio de una copa C y D, el escote parecía aún más pronunciado, levantando sus senos de una manera que definitivamente no pasaba desapercibida.

Una sonrisa lenta y maliciosa apareció en sus labios.

—Perfecto.

Si su padre quería que conociera a uno de sus amigos geriátricos, entonces iba a darle un espectáculo digno de recordar.

Se quitó la ropa que llevaba y se puso el vestido. Cuando volvió a mirarse en el espejo, no pudo evitar soltar una pequeña carcajada. Sus senos apenas cabían dentro del escote, lo que explicaba perfectamente por qué Shanna se lo había regalado con esa expresión burlona. A diferencia de ella, su hermana no tenía el mismo problema con el busto.

—Bueno, Shanna… esta vez tu broma me sirve —murmuró.

Buscó rápidamente unas sandalias que combinaran con el vestido y luego se sentó frente al espejo para arreglarse. No tardó mucho: un poco de rubor para dar color a sus mejillas y una tinta roja para los labios que resaltaba con fuerza contra el tono suave del vestido. Finalmente soltó su cabello para que cayera libre sobre sus hombros desnudos.

Se observó por última vez y vio que no estaba nada mal.

Quién sabe si tal vez ese viejo rico podía ser su boleto de salida de aquella miserable casa.

Con ese pensamiento, Cassie salió de su habitación.

Bajó las escaleras con calma hasta llegar al salón principal y, apenas cruzó la entrada, se dio cuenta de que no solo estaban sus padres allí. Antonella, su hermana mayor, también se encontraba presente, sentada con su habitual postura impecable, pero Cassie apenas le prestó atención, porque su mirada se detuvo en el hombre que ocupaba uno de los sofás.

No era el anciano que había imaginado. De hecho, estaba muy lejos de serlo.

El hombre tenía el cabello oscuro, ligeramente largo, cayéndole hasta los hombros de una manera que resultaba extrañamente atractiva. Su postura era relajada, aunque sus intensos ojos azules observaban la habitación con una atención silenciosa.

Cassie calculó rápidamente que probablemente le llevaba diez años, tal vez un poco más.

Era increíblemente atractivo. Aunque había algo en su expresión que le quitaba puntos, pues parecía algo preocupado.

Cassie caminó hacia el grupo y notó cómo su madre señalaba discretamente el lugar libre junto a Antonella. A regañadientes se sentó allí, fingiendo una sonrisa educada, al menos debía aparentar buenos modales delante de los invitados. Su padre, sin embargo, no pudo evitar hacer una mueca de desaprobación al ver el vestido que llevaba y Cassie le respondió con una sonrisa inocente.

La tensión se rompió cuando Jefferson habló.

—Cassadee, él es alguien muy importante para nuestra familia —comenzó con tono formal.

Cassie miró al desconocido con descarada curiosidad. El hombre también la observaba, pero lo hacía con una intensidad que la incomodó un poco.

—Como sabes, ella es mi hija menor, Cassadee —anunció Jefferson señalándola con cierto orgullo mientras miraba al invitado.

—Un placer, Cassadee —respondió el hombre con una sonrisa carismática, de esas que claramente estaban diseñadas para derretir corazones. Sus ojos azules se clavaron en los de ella durante un instante que pareció alargarse más de lo normal—. Soy Robert Bryant.

Cassie frunció ligeramente el ceño.

—¿Bryant? —cuestionó y luego se golpeó mentalmente la frente.

No es que conociera a todos los Bryant del mundo, pero era el apellido de casada de su hermana, lo que quería decir que ese hombre, o era uno de los hermanos de Maximilian, el esposo de Antonella, o quizá algún pariente de ellos.

Robert asintió con tranquilidad.

—Soy el hermano mayor de Maximilian.

Ahora todo tenía sentido, pero como ella no se codeaba con la gente que sus padres conocían y mucho menos con las personas que había visto en la boda de su hermana, era obvio que no iba a recordar la cara de Robert ni la de nadie más.

Sin embargo, podía decir que, aunque los hermanos Bryant se parecían, también había diferencias claras entre ellos. Recordaba que Max era todo prolijo: ropa casual pero elegante, aspecto de hombre rico impecable. Robert, en cambio, parecía más relajado, incluso algo rebelde bajo su apariencia elegante. Llevaba una camisa blanca y pantalones negros, pero Cassie notó los pendientes negros en sus orejas.

Ese pequeño gesto de rebeldía dentro de una familia tan poderosa hizo que sonriera sin querer.

—Un placer —respondió finalmente, manteniendo un tono educado más para demostrarle algo a su padre que por verdadera cortesía.

Robert inclinó la barbilla en señal de saludo.

—Cuando me dijiste que pasarías por aquí, pensé que vendrías con Christopher —comentó Jefferson retomando una conversación que claramente ya habían iniciado antes de que ella llegara.

—Mi hermano está fuera de la ciudad en estos momentos —respondió Robert con naturalidad—. Por eso vine solo.

Jefferson frunció el ceño.

—¿Cuándo regresa? —preguntó el padre de Cassie—. Cuando hablé con él ayer no mencionó nada sobre un viaje.

Robert se encogió ligeramente de hombros.

—Tal vez se le olvidó.

Cassie escuchaba todo con creciente confusión. ¿Quién era ese Christopher del que hablaban? Estaba claro que era otro de los hermanos Bryant, pero no entendía por qué su padre parecía tan interesado en él. En realidad, tampoco le importaba demasiado. Si apenas hablaba con Antonella, mucho menos pensaba involucrarse con la familia de su esposo.

—Ya lo llamaré para hablar con él —dijo Jefferson, claramente insatisfecho—. No he podido obtener una reunión para que hablemos de… ya sabes qué —terminó diciendo su padre.

Cassie lo miró con curiosidad.

Si iban a hablar de negocios allí, ¿por qué había tenido que bajar ella? Además, ¿dónde estaban Shanna y Brianna? Sabía que ambas estaban en la casa y, cuando uno de los amigos de su padre venía de visita, toda la familia debía estar presente. Aquella ausencia le resultó extraña.

—No se preocupe, señor McKay —respondió Robert—. Yo mismo le diré que desea verlo —terminó diciendo, y entonces su mirada volvió a Cassadee.

Algo en la forma en que la observó hizo que un extraño escalofrío recorriera la espalda de la joven, aunque no supo explicar por qué.

—Será mejor que me marche —anunció Robert de repente, poniéndose de pie.

—Pensé que te quedarías a cenar —protestó Jefferson.

—Recordé que tengo algunos asuntos pendientes —respondió Robert con una sonrisa educada, aunque Cassie notó que había un ligero nerviosismo en su expresión.

Cuando él se marchó acompañado por sus padres y Antonella, las sospechas de Cassie crecieron, pero no sabía hacia donde llegar con su conclusión de que algo pasaba. Ella no estaba al tanto de la situación en casa y, a decir verdad, no le interesaba nada.

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