Giacomo apartó una silla y esperó a que Carmine tomara asiento antes de sentarse junto a ella. Sin perder tiempo, alcanzó la jarra de agua y rellenó un vaso.
—Deberías beber un poco —dijo, tendiéndole el vaso a Carmine.
Carmine soltó un suspiro y rodó los ojos, pero no discutió con él. Era tierno como Giacomo siempre estaba al pendiente de ella, aunque a veces su preocupación rayaba en la exageración. Como el día que había decidido pintar la habitación de su hija y le había prohibido ayudar e,