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—¡Por la luna, perdóneme! —El mesero trató desesperadamente de limpiar los restos de jugo de frutas de la ropa de Olivia.—¡Qué torpe soy!
Olivia estaba tan avergonzada que no quiso levantarse del suelo. Quería que la tierra la tragara. Pero antes de que pudiera salir corriendo, unos fuertes brazos la levantaron y un conocido aroma reconfortante la rodeó.
—¿Estás bien, Olivia?—Alejandro la ayudó a levantarse del suelo.—¿Te lastimaste?
—No, yo...
Alejandro le habló al mesero.
—¿Podrían traerme un