Mundo de ficçãoIniciar sessãoY así pasaron los días. El ambiente en la mansión era tenso y el enojo seguía profundamente clavado en el pecho de Amanda.
Lo que ella ignoraba por completo era que Víctor, movido por una desconfianza enfermiza y un ego herido, la había mandado a seguir a escondidas día y noche. Esa tarde, sentada en los muebles de mimbre del jardín trasero, Amanda tecleaba en su laptop. En la pantalla desfilaban decenas de exclusivas discotecas y clubes nocturnos de California. Buscaba lugares a los que pudiera ir sola, sin la sombra ni el permiso de su marido. Aunque, si era cien por ciento sincera consigo misma, en el fondo no estaba buscando un amante. Su amenaza aquella vez había sido solo eso: una advertencia nacida de la rabia para herir el orgullo de Víctor. Jamás se imaginó llevándola a la realidad. —¡Cariño, estás aquí! —la voz alegre de Adriana resonó por el césped. Amanda levantó la vista y sonrió al ver a su mejor amiga acercarse. Adriana era todo lo que ella no: desinhibida, soltera y espontánea; vivía la vida con una ligereza que Amanda siempre le había envidiado un poco. —Hola, Adri. Qué bueno que viniste —suspiró Amanda, cerrando la laptop a medias. Adriana se dejó caer a su lado en el sofá de mimbre, pero antes de saludar como es debido, miró hacia ambos lados del inmenso jardín. Bajó la voz en un tono de complicidad. —Vine a traerte la solución a tantos problemas, mi reina —le guiñó un ojo—. Te conseguí una cita a ciegas para mañana en la noche. Con un bombón espectacular. Amanda sintió que el calor le subía de golpe a las mejillas. Abrió los ojos como platos, casi escupiendo el té helado que estaba tomando. —¡¿Qué hiciste qué?! —susurró escandalizada—. Adriana, por Dios, ¡yo no hago esas cosas! Yo se lo dije a Víctor por rabia para retarlo, ¡pero jamás pensé en hacerlo de verdad! —Ay, por favor, Amanda —Adriana rodó los ojos, restándole importancia—. Ese cínico te tiene encerrada en esta casa mientras él hace su vida con la rubia esa. Ya es hora de que te diviertas. Además, escúchame bien: no tienes que acostarte con el chico si no quieres. Sal, tómate unos tragos, baila, siéntete mujer. Yo voy a ir contigo, me quedo cerca en la barra para cuidarte la espalda. ¿Qué dices? Amanda se quedó callada, mirando sus propias manos. La educación intachable y el miedo al escándalo pesaban sobre sus hombros. Pero luego recordó la burla de su marido. Recordó que estaba presa en un matrimonio sin amor. Una sonrisa lenta, casi coqueta y llena de rebeldía, se dibujó en los labios de Amanda. —Al carajo Víctor —manifestó—. Está bien. Dime a qué hora y dónde veo a ese desconocido. *** Corporación Grimaldi.Horas más tarde, cuando la noche ya había caído sobre la ciudad, Víctor estaba de pie frente a su escritorio, más tenso que la cuerda de un violín.
La ciudad brillaba a sus pies a través de los ventanales, pero él solo veía rojo.
A su lado, el investigador privado, vestido con ropa de jardinero ensuciada a propósito, terminaba de guardar su equipo de transmisión.
—Como le expliqué, señor Grimaldi, logré infiltrarme esta tarde simulando ser del personal de jardinería —explicaba el hombre con tono profesional—. Pude grabar toda la conversación entre su esposa y la señorita Adriana que tuvieron en el jardín.
Víctor no dijo nada. Acababa de escuchar el audio completo en su computadora.
Las palabras "cita a ciegas" y "al carajo Víctor" seguían rebotando en su cabeza, envenenándole la mente.
Una rabia oscura, hirviente e irracional le nubló el juicio por completo. Su esposa. La mujer que llevaba su anillo y le pertenecía. Se iba a ir a ver con otro maldito hombre a sus espaldas.
—¿Se encuentra bien, señor? —preguntó el investigador, tragando saliva al notar cómo Víctor apretaba los puños hasta dejarse los nudillos blancos.
—Sí. Sal de aquí de inmediato —ordenó Víctor con una voz letal—. Y manda a llamar a Daniel. ¡Rápido!
—Sí, señor.
Apenas pasaron unos minutos cuando la pesada puerta de roble se abrió y Daniel entró con su típica actitud relajada.
—¿Qué pasa, Víctor? Me mandaste a llamar con urgencia y...
—Amanda tendrá una cita a ciegas mañana en la noche —lo cortó Víctor de tajo, soltando las palabras como si escupiera fuego—. Con un completo extraño.
Daniel parpadeó un par de veces, procesando la información, y luego una pequeña sonrisa burlona se asomó en sus labios, incapaz de evitarlo.
—Vaya... te lo advertí, hermano. Se había tardado bastante en buscar a alguien que la atendiera.
—¡Esto es obra de la sinvergüenza de Adriana! —explotó Víctor, golpeando el escritorio con ambas manos—. ¡Esa mujer siempre me cayó pésimo! Es una cualquiera, por Dios, Daniel, si hasta se acostó contigo.
Daniel soltó una carcajada abierta, cruzándose de brazos sin inmutarse por la furia de su jefe.
—Oye, oye, no metas mis aventuras en tus problemas matrimoniales, eso no viene al caso. Además, Adriana y yo nos divertimos siendo libres. Lo tuyo con Amanda es otra historia. Estás loco, Víctor. No sabes ni lo que quieres.
Víctor dio la vuelta al escritorio y se acercó a él, fulminándolo con una mirada tan negra que hizo que Daniel borrara su sonrisa.
—Sé exactamente lo que quiero —susurró Víctor, cada palabra cargada de una posesividad extrema—. Y te aseguro que primero mato a ese imbécil con mis propias manos antes de que le ponga un solo dedo encima a mi mujer.
Daniel dio un paso atrás, asombrado.
—¿Qué estás pensando hacer? ¿Vas a interrumpir la cita?
—No precisamente —dispuso Víctor, enderezándose y acomodándose la chaqueta del traje con una frialdad absoluta—. Voy a ir para allá. Porque te juro que esa cita no va a terminar como Amanda y la descarada de su amiguita esperan.
—¿Qué? ¿Estás bromeando? —Daniel abrió los ojos, incrédulo—. Te va a armar un escándalo, Víctor.
Víctor lo miró fijamente, y una sonrisa oscura y retorcida se dibujó en sus labios.
—No lo va hacer porque iré caracterizado—respondió con total seguridad—. Escúchame bien, Daniel: si Amanda está tan decidida a tener un amante... lo va a tener. Pero ese hombre voy a ser yo.







