Leonardo
—Hijo, ¿De verdad creías que no sabías que te estás f*llando con la mujer loba?
Mi cuerpo se tensa ante el comentario de mi padre.
—Eres más estúpido de lo que creía…Si querías a una p*ta podríamos haberla buscado fuera de la Orden…—continúa mi padre expulsando veneno.
—Padre, ella no es una puta. Ella es… —empiezo, pero me corta sin esfuerzo.
—Ubícate, hijo —escupe—. Sabes perfectamente que mujeres como esa no sirven para nada.
Suelta un bufido cargado de desprecio y se recuesta un poco más en la silla, cómodo, dominante. Luego me mira. Esa mirada fría, superior, la misma que ha usado conmigo toda la vida.
Una ira brutal me quema por dentro. Tengo que apretar los puños para no lanzarme sobre él, para no arrancarle las cuencas de los ojos y enterrarlas en lo más profundo del bosque, donde nadie vuelva a encontrarla.
—No le hagas daño —digo, sin rodeos, con la voz más firme de lo que me siento por dentro.
Mi padre ni se inmuta.
—Ella se ha consagrado a la Orden. Por d