LEONARDO
Lo intercepté en uno de los pasillos laterales de la Orden, cuando ya se dirigía a la salida. La maleta rodaba tras él, discreta, como si pudiera desaparecer sin levantar sospechas.
No le di tiempo a reaccionar. Un golpe limpio, preciso. Cayó inconsciente antes siquiera de pronunciar mi nombre y lo llevé al sótano de la manada.
En la Orden, ciertos métodos para hacer hablar a alguien están prohibidos.
La luz es tenue, húmeda, cargada de un olor metálico que se pega a la garganta.
Eugenio gime y se mueve, desorientado, hasta que levanta la cabeza y me ve. Sus ojos se abren de par en par. Intenta incorporarse, pero las ataduras lo mantienen donde está.
Kevin está apoyado contra la pared, con los brazos cruzados, observándolo como si fuera un insecto.
Kain permanece unos pasos más atrás, en silencio, pero atento a cada gesto, a cada respiración.
—Ya estás despierto —digo, con voz tranquila, demasiado tranquila incluso para mí.
Eugenio traga saliva.
Su pulso se acelera; no s