Matthew se frotó el rostro sin apartar la vista del camino. Era mala idea pensar en tu empleada guapa que además va en el asiento trasero de la camioneta camino a tu casa.
—Maldición —musitó, incómodo.
—¿Sucede algo, señor?
—¿Papi? —preguntó Emery.
Matthew se giró hacia su hijo y le revolvió el cabello.
—Recordé unos pendientes —mintió el C.E.O.
Pronto llegaron al imponente edificio de departamentos que estaba a tan sólo diez minutos del centro de Manhattan. Era una torre de cristal que re