La brisa salina acariciaba el rostro de Adara con gentileza. El graznido de las gaviotas era como una música para sus oídos. El cielo celeste se miraba tan limpio como era de esperarse después de una noche de tormenta. La rubia había logrado escapar de lo que parecía ser un cruel destino.
Su estancia en aquel castillo de los horrores le había parecido una eternidad, una eternidad a la que había querido regresar en el momento en que cayo en cuenta de que Noah tenia aun cautivo a su hijo. Sin emb