El sonido de los truenos retumbaba en los cristales de aquel castillo, cimbrándolos con cierta violencia y haciendo que temblaran levemente. Afuera caía un aguacero tal, que parecía que la furia de Dios había caído sobre la tierra y el buscaba fusionarse con la tierra ya muy humedecida del suelo.
El sonido de la puerta de aquellas habitaciones se había abierto, dejando ver a una joven sirvienta que no debía de pasar de los veinte años.
—Señora, no se ha comido su desayuno, ¿Se siente enferma?