—Ese oso es tan bonito. ¿¡De verdad es para mí!? —La voz de Alana, dulce y melosa, llenaba la habitación.
Sus pequeñas manos sostenían con dificultad el muñeco.
—Por supuesto. —La respuesta de Axel fue suave; incluso sus ojos, que siempre destilaban frialdad, se habían llenado de calidez.
Resultaba aterrador verlo sentado en la cama, tranquilo, lejano a ese hombre perverso que Ariana tenía el dolor de conocer. Recordaba a esos animales que se camuflan para engañar a sus presas.
Parada e