Terminó el concierto a la una de la madrugada, y como era costumbre en
el pueblo, en vez de disolverse la reunión, se pusieron a bailar los
jóvenes con el mayor ahínco, muy a placer de las señoritas, que sólo
toleraban dos o tres horas de música con la esperanza de estar bailando
otras dos o tres horas. Emma no pensó en retirarse mientras quedase allí
alma viviente. En cuanto a Marta Körner, estaba demasiado ocupada para
pensar en el tiempo. ¡Íbale tanto en perseguir las fieras, es decir, en
la