Ardían en las arañas de cristal muchas docenas de bujías de esperma;
allá, al extremo del salón, sobre una plataforma improvisada, la
respetable orquesta de los músicos sedentarios, de los profesores
indígenas, inauguraba la fiesta con una sinfonía de su vetusto
repertorio: allí estaba el trompa, refractario al italiano y a la
afinación; allí el espiritual violinista Secades, que había soñado con
ser un segundo Paganini, que había pasado noches y noches, días y días,
buscando en las cuerdas, ac