ADELAIDA:
A pasos lentos me acerco al carruaje donde se encuentran las dos mujeres y con una sonrisa perversa lo abro lentamente.
—No nos haga daño por favor.
Grita mi hermana mientras se abraza en el cuerpo de la mujer que le dió la vida y sonrío.
—Vaya, no sabía que eran tan cobardes.
Digo con burla y ambas abren los ojos para mirarme.
—Oh, gracias al cielo que eres tu Adelaida, pensé que eran unos bandidos.
Dice la señora mayor con alivio y comienzo a reír.
—Si, que alivio.
Digo mir